Inicio INTERNACIONAL Las raíces de la islamofobia están enterradas en las ruinas del 9/11

Las raíces de la islamofobia están enterradas en las ruinas del 9/11

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CIUDAD DE MÉXICO.- Esta semana, una investigación federal fue abierta en New Haven, Connecticut, después de que un incendio intencional consumió la mezquita Diyanet, en el último episodio de una serie de atentados contra fieles y templos musulmanes en países occidentales.
Al iniciar el mes sagrado islámico del Ramadán en todo el mundo, que incluye el ayuno diario del amanecer al atardecer y que concluirá con la celebración del Eid al Fitr el 15 de agosto, autoridades locales y federales clasificaron el incendio como provocado.
No hubo víctimas, pero los investigadores ofrecen una recompensa de USD $2,500 por informes relacionados con el ataque, reportaron medios locales.
En abril, el Centro Islámico Mohamed del Gran Hartford, la capital estatal de Connecticut, recibió una amenaza racista y violenta de que su templo sería quemado, luego de los tiroteos terroristas en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, que mataron a 50 personas.
También en abril, el sospechoso que disparó con un rifle de asalto contra miembros de una sinagoga en San Diego, California, matando a uno de ellos, fue relacionado con un incendio en la mezquita vecina de Dar ul Arkam.
John Earnest, de 19 años, dejó una nota en alusión a los atentados del 15 de marzo en Christchurch.
Como puede verse con estos incidentes, la islamofobia está entrando en una nueva fase de crecimiento y los atroces crímenes en Nueva Zelanda, como se temía, se convirtieron en fuente de inspiración para racistas, supremacistas blancos, grupos neonazis y “lobos solitarios”.
No es una coincidencia que Brenton Harrison Tarrant, el australiano responsable de los tiroteos en Christchurch, asegurara que se inspiró en el extremista de derecha noruego Anders Behring Breivik, quien asesinó a 77 personas en 2011.
Si bien la islamofobia ha estado presente en las sociedades cristianas al menos desde la Reconquista en España y las cruzadas, no hay duda de que en años recientes el fenómeno encontró un fértil caldo de cultivo en los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en el Centro del Comercio Mundial de Nueva York, el Pentágono en Washington y Shanksville, en Pensilvania.
Como se recordará, los trágicos e históricos hechos atribuidos al extremista saudí Osama bin Laden y su organización Al Qaeda (La Base), un antiguo aliado de Estados Unidos en la lucha contra la Unión Soviética, sentaron los cimientos de una renovada discriminación hacia los musulmanes y, de forma más importante, sirvieron como pretexto ideal para congregar el apoyo público a las invasiones de Afganistán e Irak.
El clima de histeria se reforzó con los ataques con ántrax que siguieron al 9/11—siete años después la averiguación de la FBI llevó al suicidio del principal sospechoso, Bruce Edwards Ivins, un experto estadounidense en armas biológicas—, y los posteriores atentados con bombas de Al Qaeda que dejaron miles de muertos en Indonesia, España, Gran Bretaña, Irak, Turquía y Túnez.
Paradójicamente, la islamofobia se ha fortalecido por la intolerancia del wahabismo, la beligerante interpretación oficial y patrocinada por el Estado del islam sunita en Arabia Saudí, que promovió al movimiento Talibán en Afganistán y Al Qaeda antes del 9/11.
Influencia mundial
Con el financiamiento de las exportaciones sauditas de petróleo, el wahabismo y su red asociada de predicadores y madrasas (escuelas coránicas) han alcanzado influencia mundial, desde el Golfo Pérsico hasta Yakarta y las mezquitas llenas de inmigrantes en Europa y Estados Unidos.
Aún más, el radicalismo wahabí y su simbiosis con la gobernante dinastía Saud en El Riad han sido expuestos por las guerras de “cambio de régimen” en Libia y Siria, el homicidio del periodista saudí Jamal Khashoggi en Turquía y una de las mayores ejecuciones en masa (37 personas) de supuestos “terroristas” en la historia saudita, en abril.
Luego del 9/11, la administración Bush aplicó medidas de seguridad como la tristemente célebre Ley Patriota, utilizada de manera cotidiana como justificación para discriminar a los musulmanes y otras minorías.
No olvidemos que en un ambiente polarizado, que se resumió con la frase del “eje del mal” acuñada por el presidente George W. Bush—irónicamente, Corea del Norte fue agregada a Irak e Irán a fin de evitar un sesgo anti musulmán—, Dennis Hastert, entonces líder de la Cámara de Representantes, declaró sin ninguna evidencia que “terroristas” se infiltraban a Estados Unidos a través de la frontera de México.
Casi veinte años después, el presidente Donald Trump ha revitalizado la islamofobia, al agitar la amenaza exagerada del Estado Islámico, un subproducto de Al Qaeda que terminó con cualquier esperanza de democratización en Oriente Medio tras la “primavera árabe”, y las promesas de Barack Obama para un “nuevo comienzo” de la relación entre Estados Unidos y los árabes.
Populista y abiertamente racista, Trump explotó el miedo al terrorismo, la discriminación étnica y religiosa tradicional, así como el resentimiento social entre los blancos de clase media, hasta el grado de suspender en 2017 el programa de refugiados de Estados Unidos y bloquear a los viajeros de varios países de mayoría musulmana.
Cientos de viajeros resultaron detenidos en los aeropuertos y miles de visas expedidas por Estados Unidos fueron revocadas, detonando indignación y protestas.
La redacción y la aplicación de la orden ejecutiva firmada por Trump fueron revisadas para enfrentar las demandas judiciales y el “veto a los musulmanes” fue refrendado por la Suprema Corte.
Esta reiteración del veto incluye restricciones de viaje para la mayoría de las personas procedentes de Irán, Libia, Somalia, Siria y Yemen.
El año pasado, el Departamento de Estado rechazó más de 37,000 solicitudes de visa debido a la medida, por encima de menos de mil en 2017, cuando las restricciones no habían entrado por completo en vigor.
El riesgo de otra guerra en Medio Oriente, esta vez contra Irán, incrementará la islamofobia en Estados Unidos.
Por fortuna, México se ha mantenido al margen de la islamofobia, pues su población musulmana es muy pequeña.
Según el censo nacional de 2010, había 2,500 personas que se identificaron como fieles del islam, aunque otras fuentes destacan que la cifra real rebasa las 5,000 personas.
La mayoría son sunitas concentrados en la Ciudad de México y una minoría son chiítas y ahmadiyyas, ubicados en Torreón, Coahuila, y otras partes del norte de México.
Un fenómeno interesante que se observó en los últimos años ha sido la conversión al islam de más de 700 indígenas mayas y tzotziles en el estado meridional de Chiapas, donde estableció en la década de 1990 una comuna Mohamed Nafia, misionero español del movimiento Murabitum.
Actualmente, al menos cinco mezquitas están abiertas en las ciudades de San Cristóbal de las Casas y Comitán.
Las leyes seculares, la política exterior no intervencionista y las buenas relaciones de México con los países musulmanes, desde Irán hasta Arabia Saudita y Turquía, han contribuido a un clima de coexistencia y tolerancia hacia el islam.